3/24/2009

"El 'yo', es la madre de las ilusiones"


Bueno, alguien se preguntará: ¿sobre qué "freak" underground leeremos hoy?
Pues no. Hoy tenemos a todo un hombre de provecho, catedrático, médico, con cientos de publicaciones y un currículum de lujo. Suena aburrido ¿verdad? Pues de nuevo no. Los miembros de "La tripulación que nunca descansa" no conocen límites. Ni siquiera los límites de los roles sociales, tan relativos como todos.

Francisco J. Rubia Vila es Catedrático de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y también lo fue de la Universidad Ludwig Maximillian de Munich, así como Consejero Científico de dicha Universidad. Estudió Medicina en las Universidades Complutense y Düsseldorf de Alemania. Ha sido Subdirector del Hospital Ramón y Cajal y Director de su Departamento de Investigación, Vicerrector de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid y Director General de Investigación de la Comunidad de Madrid. Durante varios años fue miembro del Comité Ejecutivo del European Medical Research Council. Su especialidad es la Fisiología del Sistema Nervioso, campo en el que ha trabajado durante más de 40 años, y en el que tiene más de doscientas publicaciones. Es Director del Instituto Pluridisciplinar de la Universidad Complutense de Madrid. Es miembro numerario de la Real Academia Nacional de Medicina (sillón nº 2), Vicepresidente de la Academia Europea de Ciencias y Artes con Sede en Salzburgo, así como de su Delegación Española. Ha participado en numerosas ponencias y comunicaciones científicas, y es autor de los libros: “Manual de Neurociencia”, “El Cerebro nos Engaña”, “Percepción Social de la Ciencia”, “La Conexión Divina”, “¿Qué sabes de tu cerebro? 60 respuestas a 60 preguntas” y “El sexo del cerebro. La diferencia fundamental entre hombres y mujeres”.


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El temor y el respeto a las serpientes es común a toda la raza humana y suele llenar los sueños de todas aquellas culturas de las que se ha estudiado su vida mental. No puedo entrar aquí en la importancia de la serpiente en los mitos, leyendas o cuentos de las diversas sociedades y en su extensísima simbología, como ser potente y ambivalente, como símbolo sexual, como dios benevolente y al mismo tiempo cruel o como ser relacionado con la salud y con la muerte. Aparece en sueños y tras la ingestión de drogas alucinógenas, y es considerado, como es sabido, un arquetipo, es decir, una imagen ancestral, por Jung.
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Esta mezcla de fascinación y temor, innatos, explica, sin duda, que este animal ocupe un lugar especial en muchas mitologías y escritos sagrados, como en los Veda de la India, en los atributos de Asclepio, el dios griego de la medicina, en los emblemas de chamanes de Siberia o del Yenisei o en los atributos de demonios chinos como Fu-Hsi y Nu-kua, o de la diosa escorpión en Egipto, considerada la “madre de las serpientes”, por citar sólo unos pocos.
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Como símbolo procedente del inconsciente, la serpiente suele reunir atribuciones contradictorias, como antes mencionamos, a saber, la vida y la muerte, el amor y la venganza, el poder y la traición, el engaño y la adivinación del futuro. Estos atributos pueden coexistir en la misma deidad sin que despierte ningún conflicto entre sus adoradores.
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Sabemos que las percepciones nos engañan. Y también sabemos que estas se elaboran en la corteza cerebral que es quien les atribuye un significado a los impulsos que llegan de los órganos de los sentidos. El pensamiento también es fruto de la actividad de la corteza. Entonces habría que preguntarse: ¿por qué nos fiamos de nuestros propios pensamientos? ¿No habría que aplicarles el mismo rasero que a nuestras percepciones?

Quisiera terminar diciendo que al haber encontrado en el cerebro zonas cuya estimulación genera experiencias que tradicionalmente hemos llamado espirituales, el problema del dualismo que divide a la mente y al cerebro atribuyendo a aquella una sustancialidad inmaterial, está cercano a ser resuelto. En mi opinión, la postura dualista no es otra cosa que la aplicación de una de esas predisposiciones innatas de las que antes hablaba al mundo que nos rodea, dividiéndolo en términos antitéticos. Las experiencias místicas, de las que el ser humano es también capaz, no son dualistas, por lo que nos hace pensar que la visión dualista es sólo la aplicación de una de esas predisposiciones innatas, pero que no es la única que el cerebro posee. La historia de la humanidad nos dice que la visión global, holística, espiritual, del mundo también es posible, por lo que la generalización del dualismo a todo el cerebro no es, a mi entender, permisible. La razón, la lógica, incluso el lenguaje, son anteojos dualistas con los que observamos el mundo y concluimos, equivocadamente, que el mundo es dualista. Si así fuera, no debería existir la otra forma no tanto de “comprender” el mundo, sino de “vivirlo emocionalmente”, de unirse místicamente con él, como se ha definido la experiencia espiritual de la que el cerebro también es capaz.

Así, la espiritualidad queda siendo de orden distinto, pero no de procedencia, es decir, de origen también cerebral. Como he dicho en otro lugar, esto significa que la espiritualidad es algo inherente al ser humano, pero no para volver a un dualismo cartesiano ya casi olvidado de cuerpo y espíritu o cerebro y mente, sino para fundir ambos conceptos en el propio cerebro.
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Hay varios argumentos que parecen confirmar que el yo es una construcción cerebral y de ellos voy a ocuparme a continuación. El primero es que el yo tiene un desarrollo ontogenético y aparece sólo tras algunos años de vida. El segundo es que parece ser una construcción cultural, es decir, que la experiencia de nuestra propia persona depende del entorno cultural en el que esta persona se desarrolla. Y el tercero es que este yo no es indivisible, sino que puede aparecer dividido en dos, en el caso de los enfermos con cerebro partido o escindido, o en múltiples yos en la enfermedad conocida como trastorno de personalidades múltiples.
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Sin duda, nuestra civilización occidental ha acentuado enormemente esta cualidad, generando unos individuos especialmente poco sensibles a los intereses colectivos. Precisamente por ser algo individual, que nos diferencia de los demás, también nos separa de ellos. En palabras del psiquiatra E.E. Hadley: “la tragedia de la ilusión de la individualidad es que lleva al aislamiento, al temor, a la sospecha paranoica y a odios totalmente innecesarios”. Y otro autor, H.S. Sullivan, dice: “La individualidad enfatizada de cada uno de nosotros, el “yo”, es la madre de las ilusiones, la fuente siempre fecunda de ideas preconcebidas que invalidan casi todos nuestros esfuerzos para comprender a los demás”.
En la época que nos ha tocado vivir, de egoísmos feroces y de violencias, no está mal recordar las palabras del místico alemán Maestro Eckhart cuando dice: “La Sagrada Escritura pide a gritos liberarse del yo”.

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2 comentarios:

  1. La ficción como necesidad biológica. Muy grande, J. Rubia.

    Un saludo

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  2. Es curioso, pero un profesor de Teoría del lenguaje literario de la Universitat Autónoma de Barcelona basa su clase en la realción entre ficción y neurocirencia. Además siempre emplea la película Matrix en sus ejemplos. Un tanto sensacionalista, a mi juicio, pero no por ello menos interesante.

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